miércoles, 30 de marzo de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
Protección ambiental privada deja réditos modestos en México
AMECAMECA, México, ago (Tierramérica) – El gobierno de México quiere promover los predios privados dedicados al uso sustentable de la naturaleza, una herramienta creada en 1997 en este país megabiodiverso, pero que aún tiene muchas deficiencias, según expertos.
Hace 10 años, el ingeniero Luis Alvarado decidió comprar un predio en un municipio del centro de México, degradado por la tala ilegal y el olvido.
Esas tierras, unas 25 hectáreas, componen hoy la unidad de manejo ambiental (UMA) Temaxcal, establecida en 2002 en el poblado de Amecameca, 58 kilómetros al sureste de la capital mexicana. Aquí habitan unas 70 especies animales y unas 200 vegetales.
Situado a 2.420 metros sobre el nivel del mar, Temaxcal se encuentra en las faldas del volcán Iztaccíhuatl, de 5.286 metros de altura. Ofrece visitas y diferentes formas de contacto con la naturaleza, educación ambiental y talleres de manejo de recursos naturales.
También se crían animales silvestres, como el venado de cola blanca (Odocoileus virginianus), que tiene varias subespecies en peligro de extinción, para su posterior liberación e introducción en la zona.
Las UMA (Unidades para la Conservación, Manejo y Aprovechamiento Sustentable de la Vida Silvestre) son básicamente predios en los que se utilizan los recursos naturales existentes, en forma directa o indirecta y con un plan de manejo. Los beneficios económicos quedan en manos de sus propietarios.
Se trata de “un buen ejemplo de lo que podemos hacer para dar valor económico a los ecosistemas”, sostuvo en un seminario organizado por Tierramérica el biólogo José Sarukhán, coordinador de la gubernamental Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio).
“La biodiversidad no ha tenido un valor económico”, agregó.
Las primeras UMA aparecieron en 1997, cuando la entonces Secretaría (ministerio) de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca las creó como parte del Programa de Conservación de la Vida Silvestre y Diversificación Productiva en el Sector Rural 1997-2000. La pesca pasó luego a otra órbita. Y hasta el 15 de julio, la cartera ambiental, o Semarnat, tenía inscritas 9.824 unidades, ocupando algo más de 34 millones de hectáreas que representan 17 por ciento del territorio mexicano y han generado unos 393 millones de dólares para sus dueños.
Turistas responsables en busca del paraíso rural perdido…
ERONGARÍCUARO, México, sep (Tierramérica) – Se trata de una mezcla de voluntariado y ecoturismo. El visitante paga por pasar unas semanas en contacto con la naturaleza y ejecutando las labores de una granja orgánica. La idea inspiradora es cultivar conciencia ambiental.
El mexicano Alan Vázquez se levanta a las siete de la mañana y su primera tarea es alimentar a los animales en el rancho ecológico “Las canoas altas”, situado en Erongarícuaro, un municipio del sudoccidental estado de Michoacán cuyo nombre significa “lugar de espera” en lengua indígena purépecha.
“Las canoas altas”, una propiedad de 2,5 hectáreas del belga Vincent Geerts, forma parte del capítulo mexicano de Oportunidades Globales en Granjas Orgánicas (WWOOF, por sus siglas en inglés), una iniciativa internacional en forma de red que vio la luz en Gran Bretaña en 1971, con un nombre distinto, Working Weekends on Organic Farms (Fines de Semana Laborales en Granjas Orgánicas).
La creadora fue Sue Coppard, una secretaria que amaba su vida en Londres, pero extrañaba su infancia en el campo. Se le ocurrió que si ofrecía trabajar gratis un fin de semana en una granja, la dejarían quedarse. En su primer intento ya tenía 15 compañeros de aventura.
La red WWOOF está presente en 99 países. Entre ellos, Belice, Guatemala, Costa Rica, Ecuador, Chile, Argentina y Brasil, además de México, donde apareció en 2004 por iniciativa del psicólogo y administrador de empresas Arturo Farías.
Hoy ya hay una cincuentena de granjas mexicanas inscritas en el programa. Y anualmente se suman unas 500 personas.
Farías partió de su experiencia en la industria ecoturística para impulsar este voluntariado ecológico, y desarrolló durante cinco años un proyecto de agricultura sostenible en la ciudad de Valle de Bravo, en el estado de México. “La gente no puede evitar el contacto con la naturaleza. Tiene que convivir con ella”, dijo Farías a Tierramérica.
El “wwoofing” mezcla el turismo rural y el trabajo voluntario. En México, el aspirante a “wwoofer” paga una cuota anual de 20 dólares para inscribirse, se pone en contacto con alguna de las fincas registradas y, luego de la aceptación, ésta le suministra alojamiento, alimentación e instrucciones para sus tareas en jornadas de lunes a sábado.
Todo el sistema es una forma de acercar a la gente a un modelo de desarrollo sostenible en las áreas rurales. Geerts y Farías siguieron rutas parecidas, pues ambos atraían a voluntarios antes de formar parte de WWOOF.
Este tipo de experiencias en México despiertan interés a viajeros europeos, de Canadá y Estados Unidos y, últimamente, a los propios mexicanos como Vázquez.
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